Charmy’s Army: La Fiesta ha Muerto – Entrada 3: Chalecos Azules y Plátanos Maduros

Un zombi asiste a un baile de Halloween en la tira cómica de hoy.

En la tercera entrega de la saga, el pánico colectivo llega a su cúspide antes de estrellarse de lleno contra la cruda y rutinaria logística de los supermercados. Convencida de que el departamento de servicio al cliente de Walmart implementó una política aterradora para procesar devoluciones, la chica de la coleta entra en pánico total: ¿acaso hacer un cambio de mercancía defectuosa significará que la arrojen a una fosa para ser devorada por zombis? Por fortuna, la rubia le aclara el panorama. No sé cómo a los compradores molestos; trabaja en el departamento de carnicería devorando los cortes caducados. Tampoco es un basurero andante: como insistiría el departamento de Recursos Humanos, ella ostenta el distinguido título de «Facilitadora de Manejo de Residuos».

Las luces fluorescentes del distrito comercial zumbaban sobre sus cabezas como un nido de avispas metálicas. La chica de la coleta se detuvo en seco en medio de la acera, completamente petrificada por el espanto, cubriéndose la cara con ambas manos. Sus ojos tenían el tamaño de platos soperos y su respiración agitada parecía la de un fuelle descompuesto.

—Compré una batería de sartenes antiadherentes hace tres semanas —susurró con una voz cargada de terror existencial absoluto—. El teflón ya se está desprendiendo cerca del mango. Tengo el recibo arrugado en mi cartera. Iba a ir al módulo de devoluciones esta misma tarde. ¡Pero ahora lo sé todo! ¡Van a revisar mi comprobante de compra, notarán que la caja de cartón está rota, oprimirán un botón rojo secreto bajo el mostrador y me tirarán por una trampilla directo al pozo de alimentación de Di!

La rubia la contempló en silencio durante tres largos segundos, con una expresión de agotamiento infinito grabada en el rostro. Se pellizcó el puente de la nariz y dejó escapar un suspiro tan hondo que descolocó el flequillo sobre su frente.

—¿Alguna vez en tu vida has oído que una tienda departamental alimente a sus empleados con clientes inconformes? —preguntó la rubia con voz monótona—. ¿Tienes la menor noción de las primas de seguro de responsabilidad civil que eso implicaría? Los inspectores de salubridad y normatividad laboral estarían saliendo de los conductos de ventilación en menos de cuarenta y ocho horas. El papeleo judicial tardaría generaciones.

—¡Las grandes corporaciones cometen atrocidades peores con tal de proteger sus márgenes de ganancia trimestrales! —insistió la chica de la coleta, gesticulando frenéticamente hacia el letrero azul que se alzaba sobre las copas de los árboles—. ¡Piénsalo! ¡Las devoluciones generan mermas! ¡La logística inversa cuesta millones! ¡Si sustituyes el departamento de quejas por un depredador de ultratumba, las solicitudes de reembolso bajan automáticamente a cero absoluto! ¡Es la estrategia de optimización financiera perfecta!

—¡Trabaja en el departamento de carnes, pedazo de desquiciada! —le espetó la rubia, tomándola del brazo y arrastrándola por la banqueta—. ¡No se traga a los clientes descontentos que perdieron el ticket de una cortina de baño! ¡Se come la carne molida oxidada y los muslos de pollo en rebaja que llevan dos días enteros pasados de su fecha de caducidad en los refrigeradores!

La chica de la coleta parpadeó una vez. Dos veces. Su hiperventilación comenzó a desacelerar, aunque la mueca de repugnancia visceral permaneció inalterable en su semblante.

—Espera… ¿qué dijiste?

—Ya oíste a Charmy hace un momento —continuó la rubia, sacudiendo la cabeza con pesadumbre—. El desperdicio alimentario es uno de los mayores dolores de cabeza en la gestión de supermercados. Las tiendas tiran a la basura toneladas de vegetales podridos, latas golpeadas y carne grisácea cada año. Los vertederos cobran tarifas monumentales por desecho biológico. El compostaje industrial exige normas severas. Pero un poshumano no muerto… su sistema digestivo, o cualquier caldo químico que le quede en el vientre, desintegra toxinas y bacterias que mandarían a un buitre a terapia intensiva.

—O sea que es un triturador de basura —resumió la de la coleta, arrugando la nariz hasta que sus pecas formaron un nudo apretado—. Un triturador de desperdicios orgánicos, glorificado, putrefacto y con flequillo.

—Charmy dijo que prefiere el título de Facilitadora de Manejo de Residuos —puntualizó la rubia con una mueca sarcástica—. El mundo corporativo no contrata monstruos; recluta especialistas operativos. Seguro le dieron un gafete oficial, la obligaron a ver un video de capacitación de cinco minutos sobre prevención de tropiezos y le asignaron una sala de descanso en la bodega frigorífica para que no espante a los pasteleros.

Al otro lado de la calle, Charmy y Di se habían detenido frente a una pequeña tienda de conveniencia. Di reposaba contra un poste de alumbrado público, con la cabeza ladeada en un ángulo tan forzado que sugería que sus vértebras cervicales eran simples sugerencias anatómicas. Un repartidor que pasaba en bicicleta la miró, frenó en seco y cruzó apresuradamente al otro carril con el rostro desencajado, pero nadie gritó. Nadie llamó a la policía ni al ejército. La sociedad simplemente había asimilado lo inconcebible, archivándolo bajo la etiqueta de rarezas municipales cotidianas.

—Ya no sé qué me da más escalofríos —murmuró la chica de la coleta, viendo cómo Di intentaba rascarse la espalda y casi se dislocó la clavícula en el proceso—. Si el hecho de que el apocalipsis zombi casi destruyó nuestra civilización, o que terminó con los sobrevivientes dándose cuenta de que podían explotar a los muertos vivientes para mano de obra gratuita en el área de perecederos.

—Bienvenida al capitalismo tardío —contestó la rubia con una risa seca—. Si un virus catastrófico elimina al veinte por ciento de la población, el ochenta por ciento restante no guardará luto; simplemente buscará el modo de poner a los caídos a ordenar los lácteos. Míralo por el lado amable: al menos Di tiene un empleo honesto. Es mucho más de lo que puede presumir la mitad de los tipos con los que has salido este año.

—Ese fue un golpe bajo completamente innecesario —rezongó la de la coleta, aunque no pudo contener una sonrisa amarga—. Al menos mis exparejas se bañaban una vez por semana. Di parece recién desenterrada de una fosa séptica abandonada detrás de un parque acuático embrujado.

—Es verdad —concedió la rubia, observando cómo Charmy le ofrecía pacientemente a Di un frasco de desinfectante en gel, que la zombi intentó beber de inmediato antes de que Charmy redirigiera el envase hacia sus manos—. Definitivamente carece de modales. Pero eso nos lleva a un dilema aún más urgente: con Halloween a la vuelta de la esquina, ¿qué hace un ciudadano no muerto para socializar? Y más importante aún… ¿qué implica esto para el baile del pueblo?

Continuará…

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2 responses to “Charmy’s Army: La Fiesta ha Muerto – Entrada 3: Chalecos Azules y Plátanos Maduros”

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