Charmy’s Army: La Fiesta ha Muerto – Entrada 2: Domesticación Corporativa

Nuestra segunda tira cómica profundiza en las secuelas administrativas más absurdas del apocalipsis. Con Di deambulando tranquilamente por el pueblo, las chicas no pueden evitar cuestionar la historia oficial: ¿acaso las autoridades no habían exterminado a todos los zombis durante la gran invasión? Resulta que solo erradicaron a los malos. Los dóciles fueron sometidos a un programa gubernamental de domesticación, y Di no solo sobrevivió a la purga, sino que se integró plenamente al mercado laboral. Pero cuando Charmy menciona que consiguió un puesto fijo en Walmart, se desata un hilarante malentendido. No es una simpática empleada con chaleco azul que da la bienvenida a las puertas; es una comedora. Y como bien advierte la viñeta: mejor no preguntar.
El viento otoñal soplaba con fuerza en el estacionamiento exterior, levantando hojas secas de arce que giraban alrededor de los neumáticos de los autos aparcados. La rubia y la chica de la coleta permanecían pegadas a la pared de ladrillos, con los ojos fijos en Charmy y Di mientras la insólita pareja avanzaba con lentitud por la acera en dirección a la avenida principal. La disonancia cognitiva era sencillamente insoportable. La invasión había sido una era de barricadas, escopetas cargadas y noches de insomnio oyendo gemidos espeluznantes a través de los jardines residenciales. La sola idea de que semejante amenaza se hubiera clasificado en pulcras etiquetas de conducta parecía un delirio administrativo.
—¿Solo los malos? —masculló la chica de la coleta, caminando en círculos agitados mientras tiraba de los tirantes de su blusa verde—. ¿Qué se supone que significa eso? ¿Acaso les hicieron un examen de personalidad a los demonios carnívoros? ¿Acaso Protección Civil repartió cuestionarios de opción múltiple durante las redadas de contención? «Pregunta número uno: En una escala del uno al cinco, ¿qué tan propenso es usted a morderle la yugular al cartero?» ¡Es un disparate monumental!
—Es pura gestión municipal pragmática —respondió la rubia con tono mordaz, aunque sus pupilas dilatadas revelaban su propio sobresalto—. Piensa en la logística. Una vez que las fuerzas armadas neutralizan a los enjambres agresivos y corredores, te quedan miles de rezagados pasivos que solo deambulan sin rumbo chocando torpemente contra cercas de alambre. No puedes mantener hornos crematorios infinitos sin violar normativas ambientales y desatar protestas de grupos excéntricos de libertades civiles. Así que, ¿qué hacen? Reeducación. Inserción comunitaria. Ubicación vocacional.
—¡Ubicación vocacional! —bufó la chica de la coleta, alzando las manos al cielo—. ¡Es un zombi! ¡No tiene domicilio fijo, no tiene tarjeta de seguridad social y ciertamente no cotiza para el fondo de pensiones! ¿Y escuchaste lo que dijo? ¡Dijo que es una comedora en Walmart! ¿Tienes la menor idea del terror comercial que eso insinúa?
Las dos muchachas apuraron el paso por la acera, manteniendo un prudente margen de seguridad de quince metros detrás de Charmy y su tambaleante acompañante. Unos pasos más adelante, Di intentaba sortear el bordillo con una lentitud desesperante. Levantó la pierna derecha con una deliberación puramente mecánica, erró por completo el borde de cemento y tropezó de bruces contra un cantero decorativo. Charmy la sujetó con infinita paciencia por el codo, le sacudió la tierra de la bastilla rota del pantalón y la reincorporó con ternura sobre el pavimento.
—Míralo desde la perspectiva corporativa —reflexionó la rubia, frotándose la barbilla mientras continuaban la marcha—. Las grandes cadenas departamentales llevan años padeciendo una escasez de mano de obra. Si de repente cuentas con una población entera de posciudadanos reanimados que no exigen salario mínimo, no demandan seguro médico y son físicamente incapaces de quejarse por trabajar turnos dobles en días festivos, ¿qué empresa multimillonaria no firmaría un convenio federal de reinserción laboral de inmediato?
—¡Esa no es la parte que me tiene al borde de un ataque de nervios! —siseó la chica de la coleta, acelerando el paso—. ¡La parte aterradora es el título del puesto! ¡Una comedora! Cuando cruzas las puertas automáticas de un supermercado a las nueve de la mañana, esperas ver a un anciano venerable con chaleco azul y gafete que dice: «Bienvenido a Walmart, los carritos están a su izquierda». ¡No esperas que una mujer en descomposición salte de atrás de las calabazas inflables para arrancarte un pedazo de pantorrilla porque olvidaste tu folleto de cupones!
—Charmy nos advirtió con claridad que no preguntáramos —recordó la rubia, en quien la curiosidad mórbida competía abiertamente con su instinto de preservación—. Lo que obviamente significa que debemos descubrir cada horripilante pormenor. Si hay una criatura de ultratumba merodeando los pasillos donde compro mis toallas de papel y detergente para ropa, tengo el derecho irrenunciable como consumidora de saber en qué departamento la asignaron.
Vieron cómo Di se detenía en seco frente a una caja de transformadores eléctricos, hipnotizada por una nube de jejenes que flotaba sobre un charco. Estiró una mano pálida y temblorosa, con los dedos contrayéndose con reflejos tardíos al intentar atrapar los insectos en el aire. Sus movimientos eran espasmódicos, idénticos a los de una marioneta manejada por alguien que jamás había visto moverse a un ser humano. Sin embargo, Charmy aguardaba a su lado con serenidad absoluta, acomodándole la correa del bolso y charlando amigablemente sobre el reporte vial de la mañana.
—Míralos —susurró la chica de la coleta, estremeciéndose a pesar del agradable sol de otoño—. La trata como si simplemente fuera un poco excéntrica. Como si fuera una estudiante de arte alternativo que olvidó lavarse el pelo y le gusta la ropa de segunda mano. ¿Cómo normaliza alguien esto? En un momento tu ciudad lucha por la supervivencia contra los condenados, y al siguiente llevas a tu novia no muerta a su turno laboral entre Jardinería y Automotriz.
—No creo que trabaje en Automotriz —observó la rubia con gravedad, entrecerrando los ojos al recordar el hedor penetrante que envolvía a Di en la barra de la cafetería—. Las llantas de automóvil no huelen así. Lo que sea que esté haciendo en esa tienda involucra materia orgánica. Y la forma en que Charmy se calló cuando le insististe sobre la palabra «bienvenida»… eso no fue un simple lapsus. Fue un acuerdo de confidencialidad empresarial en plena ejecución.
El misterio de las labores diarias de Di se estaba convirtiendo a pasos agigantados en una auténtica obsesión. Conforme Charmy y Di doblaban por la avenida rumbo al sector comercial, las dos amigas aceleraron el paso, decididas a desenmarañar el delirio burocrático que había transformado una plaga apocalíptica en una oportunidad de empleo de chaleco azul.
Continuará…


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