Charmy’s Army: La Fiesta ha Muerto – Entrada 4: La Ética de los No Muertos

Nuestra cuarta viñeta pone sobre la mesa el choque político y social de esta insólita integración. Las chicas se encuentran a solas, procesando la cruda certeza de que los zombis forman parte activa del paisaje cotidiano. La chica de la coleta revela que planeaba disfrazarse de zombi para el Baile de Halloween de la próxima semana, solo para recibir un regaño inmediato de la rubia: «¡Qué falta de respeto! ¡Los zombis también son personas!». A lo que su cínica amiga replica con una corrección gramatical lapidaria: «Querrás decir que ERAN personas». Ante el peso existencial de la corrección política aplicada a los muertos vivientes, solo queda una exclamación posible: «Santa Macca Coco…».
El sol de la tarde proyectaba sombras alargadas sobre la plaza del pueblo. Charmy y Di habían desaparecido por un callejón lateral rumbo al parque municipal, dejando a las dos amigas apoyadas en la barandilla de madera del quiosco central. La calma del pueblo resultaba inquietante. Las palomas picoteaban migajas de pan junto a las bancas; los niños paseaban en bicicleta por los senderos pavimentados; una barredora municipal zumbaba perezosamente cerca de la acera. Parecía una postal idílica de la vida suburbana, ocultando con total eficacia que, hacía escasos minutos, un cadáver ambulante babeaba junto a sus capuchinos.
—Sigo sin poder procesarlo —admitió la chica de la coleta, pateando una piedrecilla hacia el césped—. Me gasté cuarenta y cinco dólares en la tienda de disfraces el sábado pasado. Compré látex líquido, sangre artificial de jarabe de maíz con colorante rojo número cuarenta, fragmentos de hueso de plástico y una camisa de leñador rasgada. Iba a hacer la caracterización completa para el Baile de Halloween. El clásico andar tambaleante estilo George Romero, la pierna izquierda arrastrada, la mirada vacía… todo el paquete.
La rubia se giró hacia ella con los ojos ardiendo en indignación moral, plantando los puños con firmeza en sus caderas.
—¿Te volviste completamente loca? ¿Perdiste el juicio y la decencia? ¡No puedes ponerte eso bajo ninguna circunstancia!
La chica de la coleta se quedó inmóvil, con el pie suspendido en el aire.
—¿Por qué no? ¡Es Halloween! ¡Es la única noche del año en que todo el mundo se disfraza de monstruos, vampiros, brujas, hombres lobo y aparecidos! ¡Es la tradición!
—Esa era la tradición antes de la invasión —sermoneó la rubia, agitando su dedo índice con rigor de maestra de escuela—. ¡El contexto social cambió! Antes del brote, los zombis eran arquetipos de ficción nacidos del cine y el folclore. ¿Ahora? ¡Ahora son nuestros vecinos! ¡Trabajan en las cadenas de suministro de los supermercados! ¡Pagan parquímetros! Disfrazarte hoy de cadáver andante es una insensibilidad cultural de la peor calaña. ¡Los zombis también son personas!
La chica de la coleta miró fijamente a su compañera, dejando caer la mandíbula con un pasmo monumental. Dejó escapar una carcajada aguda, semejante al silbido de una tetera a punto de estallar.
—¿Los zombis también son personas? ¿Sufriste un traumatismo craneal mientras estábamos paradas aquí? ¿Acaso las partículas de podredumbre en el aire te atrofiaron la corteza prefrontal?
—Simplemente estoy defendiendo las normas básicas de convivencia —insistió la rubia, levantando la barbilla con un aire de superioridad intachable—. Di está haciendo un esfuerzo enorme por asimilarse a la vida cívica, superando el rechazo sistémico y una descomposición biológica acelerada, ¿y tú quieres reducir su dolorosa condición médica a un disfraz barato para una fiesta comunitaria? Es insensible.
—¿Condición médica? —chilló la chica de la coleta, echando la cabeza hacia atrás—. ¡No tiene rinitis alérgica ni un caso leve de dermatitis! ¡Está legal, biológicamente y científicamente fallecida! ¡El corazón dejó de latir! ¡Los electroencefalogramas están planos! No se dice que los zombis sean personas; se dice que los zombis ERAN personas. ¡Tiempo pretérito! ¡Acción concluida! ¡Capítulo cerrado!
La rubia abrió la boca para lanzar una réplica demoledora, pero las palabras se le congelaron en la garganta. La cerró, miró hacia el suelo, desvió los ojos hacia el callejón vacío por donde Di se había marchado y volvió a mirar a su amiga. Su fachada de superioridad moral se desplomó en una mirada perdida, incapaz de refutar la implacable lógica del idioma frente a las normas de etiqueta moderna.
—Santa Macca Coco… —susurró la rubia por lo bajo, anonadada ante el callejón sin salida al que había llegado.
—Muchas gracias —dijo la chica de la coleta con suficiencia, cruzando los brazos sobre el pecho—. Por fin regresa una pizca de cordura a esta conversación. No existe la corrección política para un espécimen al que hay que vigilar para que no se coma las plumas del mostrador. Si la piel se le desprende como papel tapiz viejo y su dieta básica consiste en cortes de carne caducados, tengo todo el derecho de conjugar mis verbos en tiempo pasado.
—De acuerdo, está bien —concedió la rubia, pasándose las manos por el pelo con un gruñido de resignación—. Gramaticalmente hablando, tienes razón. Pero socialmente hablando, sigues caminando sobre un campo minado. Si te apareces en ese baile vestida de cadáver infectado y Di llega como la pareja de Charmy, ¿qué crees que va a pasar? ¿Crees que va a apreciar la sutileza artística de tus costillas de utilería?
La chica de la coleta guardó silencio. Su sonrisa burlona se desvaneció al instante, sustituida por una sospecha espeluznante. Miró hacia el centro comunitario al final de la calle, donde una enorme lona publicitaria anunciaba el Gran Baile de Halloween con letras doradas y festivas.
—Un segundo… —dijo la de la coleta, bajando el tono de su voz—. No creerás en serio que Charmy la va a llevar al baile, ¿verdad? ¿A un evento bajo techo con luces tenues, poncheras y una pista de baile abarrotada de gente? Eso es una catástrofe de salud pública anunciada.
—Charmy está ciegamente enamorado de ella —advirtió la rubia, acercándose—. La lleva a la cafetería. Camina con ella por la plaza. Si hay una reunión social importante en este pueblo, puedes apostar todos tus ahorros a que ya compró dos entradas. Y si crees que un detalle menor como la ausencia absoluta de signos vitales le impedirá presumirla bajo las luces estroboscópicas, es que no conoces a Charmy.
Ambas se quedaron calladas bajo la luz del atardecer, mientras la comicidad de la tarde daba paso a una perspectiva mucho más aterradora: el choque inminente que las aguardaba en la pista de baile.
Continuará…


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