Charmy’s Army: La Fiesta ha Muerto – Entrada 5: Horrores en el Menú

Un zombi asiste a un baile de Halloween en la tira cómica de hoy.

La quinta entrega nos enfrenta de lleno a la peor pesadilla gastronómica imaginable para una fiesta. Reuniendo valor en el mostrador del café, la rubia intenta romper la tensión social preguntándole a Charmy si él y Di tienen pensado asistir al Baile de Halloween. Charmy lo confirma con entusiasmo contagioso, momento en el cual Di suelta un feroz y gutural «GRRRRRRR…» regando saliva que hiela la sangre de los presentes. Charmy traduce con toda naturalidad: Di no gruñía por rabia, solo quería asegurarse de que el banquete incluiría bocadillos… de dedos. La sola idea de dedos humanos reales servidos en bandejas de plata colma el vaso de nuestra amiga de la coleta: «Ni de chiste voy».

La cafetería estaba notablemente más vacía cuando Charmy y Di regresaron a recoger una hielera portátil que Charmy había olvidado accidentalmente junto a una de las mesas. La clientela vespertina se había dispersado, dejando solo a un cocinero solitario limpiando la plancha en el fondo y a las dos chicas de pie junto a la vieja rocola de la entrada. Ver a Charmy regresar sin su chaqueta pareció una invitación inevitable. La rubia, incapaz de contener la curiosidad, dio un paso al frente y se aclaró la garganta.

—¡Hola, Charmy! —exclamó con la sonrisa más forzada, alegre y vecinal que pudo fingir bajo aquellas circunstancias—. ¡Una preguntita rápida! ¿Tú y Di van a ir al Baile de Halloween la próxima semana?

Charmy resplandeció de alegría. Su rostro se iluminó con el júbilo genuino de quien tiene los mejores planes del fin de semana garantizados.

—¡Claro que sí! ¡Por supuesto! ¡No nos lo perderíamos por nada del mundo! Ha estado doblando turnos en el frigorífico de carnes toda la semana para acumular horas libres y poder tener el sábado por la noche despejado.

Justo en ese instante, Di giró bruscamente la cabeza. Su mandíbula se desencajó con un chasquido húmedo y desagradable, cayendo varios centímetros más abajo de lo que la anatomía humana convencional permitía. Un rugido visceral comenzó en lo profundo de su caja torácica, cobrando fuerza hasta detonar en un bramido cavernoso: «¡GRRRRRRRRRRR…!»

Una fina llovizna de saliva turbia salió disparada por encima de la barra, salpicando los azucareros, los menús plastificados y un pequeño estante de mermeladas empaquetadas. Una mosca solitaria que volaba en medio de la trayectoria fue derribada en pleno vuelo, cayendo pesadamente sobre una servilleta.

La chica de la coleta retrocedió horrorizada, aplastando la espalda contra la vitrina de cristal a sus espaldas con un gemido ahogado. La rubia se sobresaltó violentamente, limpiándose una diminuta gota de la mejilla con la manga y tratando de sostener su sonrisa temblorosa para no perder la compostura.

—Sí, Di —respondió Charmy con infinita ternura, volviéndose hacia su prometida y dándole una palmada reconfortante en el hombro desvencijado—. Estoy seguro de que habrá bastantes. No te preocupes por eso, querida.

La rubia tragó saliva con dificultad. Su voz salió dos octavas más aguda de lo habitual, débil y temblorosa.

—¿Qué… qué preguntó, Charmy?

Charmy se acomodó el cuello de la camisa con una sonrisa modesta, luciendo exactamente como un marido orgulloso que traduce las encantadoras dudas culturales de su esposa extranjera.

—Ah, nada del otro mundo. Solo quería saber si servirían bocadillos de dedos.

Un silencio sofocante cayó sobre el establecimiento. El zumbido del refrigerador sonó de pronto como una turbina industrial. Al fondo, el cocinero detuvo la espátula en seco, dejándola suspendida en el aire.

La chica de la coleta miraba a Charmy con los ojos a punto de salírsele de las órbitas. El doble sentido flotaba en el ambiente con la pesadez de un hacha de carnicero a punto de caer. Bocadillos de dedos. ¿Salchichas envueltas en hojaldre? ¿Rollitos de primavera miniatura? ¿Albóndigas con palillos de madera? ¿O acaso una zombi recién integrada interpretaba la frase con escalofriante literalidad anatómica?

—Bocadillos… de dedos… —susurró la chica de la coleta, con los nudillos blancos de tanto apretar la correa de su bolso. Su imaginación conjuró al instante la imagen atroz de una charola de plata con hielo picado, sobre la cual reposaban extremidades humanas perfectamente cortadas alrededor de un tazón de salsa tártara.

—Di tiene un sentido del humor maravilloso —añadió Charmy, aunque su tono era tan completamente inexpresivo que ninguna de las dos supo si se trataba de una broma macabra, un error lingüístico o una advertencia real—. Le fascinan los aperitivos. Dice que los platos fuertes formales requieren demasiada motricidad fina con los cubiertos, y los tendones de sus muñecas suelen fallar cuando intenta cortar carne más dura que un pastel de carne. Una mesa de bocadillos para comer con la mano es infinitamente más accesible para personas con motricidad reducida.

—Ni de chiste voy —sentenció la chica de la coleta con voz firme, fría e inquebrantable. Dio media vuelta hacia la puerta, dando por concluido el asunto. Borro el evento de mi calendario hoy mismo. Devuelvo mi disfraz a la tienda. Cierro la puerta con tres candados, tapizo las ventanas de la sala y me paso la noche de Halloween debajo de la cama armada con una linterna y un sartén de hierro fundido.

—¡Vamos, no seas exagerada! —protestó Charmy riendo afablemente—. ¡No te pongas así! ¡El comité vecinal pasó meses organizando esto! Habrá concurso de disfraces, una banda de música en vivo y una ponchera gigante con forma de calavera. ¡Es un evento completamente familiar!

—Charmy —intervino la rubia con gravedad, interponiéndose entre él y su amiga que huía hacia la salida—, si tu novia mira una bandeja de empanaditas y ve un bocadillo normal, perfecto. Pero si mira la mesa de aperitivos y decide que el meñique del mesero califica como tentempié, este pueblo entero va a entrar en cuarentena militar antes de que el DJ termine de poner la primera canción.

—Te preocupas por pequeñeces —desestimó Charmy, tomando su hielera y colgándosela al hombro—. Di conoce los protocolos. Tuvo que aprobar el examen de seguridad del condado antes de que le dieran su gafete de la tienda. Además, nuestros disfraces van a ser la sensación de la fiesta. Llevamos tres meses enteros preparando nuestro atuendo temático en pareja.

La rubia entrecerró los ojos con un presentimiento funesto apretándole el pecho.

—¿Qué disfraces, Charmy? ¿De qué demonios se van a vestir que no provoque una estampida humana?

Continuará…

One response to “Charmy’s Army: La Fiesta ha Muerto – Entrada 5: Horrores en el Menú”

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