
En la tira cómica de esta semana, la pandilla se reúne en el mostrador de The Candy Bar ante un auténtico misterio médico: ¡Doc no se presentó a trabajar hoy! Frenchy se pregunta con total inocencia si simplemente estará enfermo, pero Charmy descarta esa teoría con pura lógica de caricatura: los médicos nunca se enferman; ¿acaso alguna vez has visto a un doctor enfermo? Weaver señala que, de ser así, Charmy se habría hecho millonario como médico, considerando la facilidad con la que enferma a todos los que lo rodean. Las ilusiones de riqueza de Charmy quedan destrozadas al instante por el remate del chiste, pero cuando las bromas cesan, la realidad se impone: Doc está desaparecido y Fort Hill no tiene médico de guardia.
El sol matutino se reflejaba en la pulida barra de madera de The Candy Bar, donde los vasos vacíos de malteada y los envoltorios regados daban fe del debate que el grupo había sostenido durante el desayuno. Charmy Packy se inclinaba sobre sus codos, mirando fijamente la puerta como si Doc fuera a irrumpir en cualquier momento, blandiendo una jeringa y regañando a alguien por comer demasiada azúcar antes de los ejercicios militares. Pero la campanilla de bronce sobre el umbral permanecía inmóvil. En todo el tiempo que llevaban apostados en Fort Hill, Doc jamás había dejado de abrir el dispensario a las siete en punto. Era un ser de hábitos erráticos y remedios médicos cuestionables, pero su puntualidad para atormentar a la tropa con abatelenguas y estetoscopios helados era legendaria.
—Miren, les digo que algo anda profundamente e históricamente mal —insistió Charmy, golpeando su pata delantera contra el mostrador de formica—. Un tipo común se reporta enfermo. Un sargento se va sin permiso a pescar. ¿Pero Doc? Ese hombre vive del olor a alcohol isopropílico y a miedo. No faltaría a un día de trabajo a menos que haya una mano negra suelta por este campamento.
Frenchy ladeó la cabeza, dejando que sus mechones rubios rozaran el borde de su taza de café.
—¡A lo mejor se fue a una convención médica! Ya saben, de esas donde aprenden nuevas formas de vendar un tobillo o de decirle a la gente que el hueso de la risa en realidad no es un hueso.
—Doc no va a convenciones, Frenchy —murmuró Weaver desde el taburete contiguo, ajustándose las antenas—. La última vez que asistió a un seminario acreditado, le revocaron la credencial antes de que el orador principal terminara de aclararse la garganta. La junta directiva dictaminó que su trato al paciente calificaba como guerra psicológica.
Flimp, el chimpancé, se rascó la barbilla pensativo, emitiendo una serie suave y rítmica de chirridos y aullidos que sonaban sospechosamente parecidos a una sirena. Hizo el ademán de mirar a través de unos binoculares e indicó hacia la ventana, señalando los senderos polvorientos y solitarios que conducían a la clínica de la base.
—Flimp tiene razón —tradujo Frenchy entusiasmada, dando una palmada—. ¡Doc no abandonaría a sus pacientes así como así! ¿Qué tal si a alguien le da escorbuto? ¿O un ataque repentino de fiebre del baile? ¿Quién va a recetar reposo absoluto y caramelos de mantequilla?
—Nadie, porque a Doc no le importan los caramelos; le importa su itinerario —declaró Charmy, saltando de su taburete.
Los engranajes dentro de su pícara mente ya giraban a máxima velocidad. El soldado en él reconocía una alteración en las operaciones de la base; el bromista histriónico en él reconocía algo mucho mejor: una oportunidad de oro para el drama, el misterio y el trabajo detectivesco aficionado de alto riesgo.
—¡Piénsenlo! En toda gran película de detectives, la persona desaparecida es el eje de una conspiración descomunal. Alguien tuvo que llevárselo. O silenciarlo. ¡O tal vez descubrió un alijo secreto de raciones de chocolate de contrabando que llega hasta los más altos mandos!
Weaver soltó un quejido y apoyó la barbilla en las manos.
—Charmy, por favor, no conviertas un domingo tranquilo en un incidente internacional. Doc probablemente se quedó dormido. O se le acabó la pila al despertador.
—¡Una pila gastada no explica el terror que se respira sobre esta barra, Weaver! —gritó Charmy, caminando de un lado a otro sobre los tablones del suelo—. Si Doc no está, la seguridad de Fort Hill está comprometida. Reinará el caos. ¡El enemigo podría atacar nuestro indefenso hormiguero en cualquier instante sabiendo que nuestro repartidor de curitas de primera línea está fuera de combate! No podemos quedarnos cruzados de brazos mientras un respetado —o al menos técnicamente acreditado— oficial de este ejército se desvanece en la nada.
Los ojos de Frenchy se iluminaron de pura emoción.
—¡Oh! ¿Vamos a hacer una operación encubierta? ¿Podemos tener nombres clave? ¡Yo quiero ser la Agente Crema de Malvavisco!
Charmy se detuvo en seco y encaró a sus tres compañeros con mirada calculadora y penetrante. Infló el pecho, asumiendo con naturalidad su papel como la mente maestra autoproclamada de Fort Hill.
—No vamos a hacer solo una operación, Frenchy. Vamos a abrir una investigación criminal formal. The Candy Bar será nuestro centro de mando, pero nuestra jurisdicción abarcará cada rincón donde acechen las sombras. Si se llevaron a Doc, el culpable cuenta con que seamos demasiado despistados para notarlo. Pues bien, ¡eligieron al escuadrón de hormigas equivocado para subestimar!
—Y al mono equivocado —añadió Weaver con tono seco, señalando a Flimp, quien acababa de lograr el equilibrio de un azucarero vacío sobre la nariz.
—¡Exacto! —Charmy chasqueó los dedos—. Un verdadero detective no solo hace preguntas: encarna la verdad. Se mimetiza con los bajos fondos de la resolución del crimen. Si vamos a esclarecer la desaparición de Doc, necesitamos equipo. Necesitamos autoridad. Necesitamos gabardinas cruzadas elegantes e intimidantes.
Frenchy contuvo el aliento.
—¿¡Gabardinas cruzadas!?
—Las mejores gabardinas que los excedentes militares y los contenedores de remate de segunda mano puedan ofrecernos —proclamó Charmy—. Weaver, te encargas de la logística. Flimp, eres el jefe de vigilancia. Frenchy, prepárate para cualquier contingencia médica que encontremos sobre el terreno. Cuando demos con la mafia que secuestró a nuestro médico, no sabrán ni de dónde les cayó el golpe.
Weaver se frotó las sienes, anticipando ya el desastre monumental que tomaba forma en la cabeza de Charmy.
—Charmy, si nos ponemos disfraces, vamos a hacer el ridículo. Todos en el campamento nos conocen de sobra.
—¿Disfraces? ¡Estos no son disfraces, Weaver! ¡Son uniformes de la justicia! —Charmy dio media vuelta hacia la salida, con las antenas vibrando de emoción desenfrenada—. Junten sus cosas, soldados. Esta misma tarde, la Agencia de Detectives de The Candy Bar inicia su investigación. ¡Y quienquiera que se haya llevado a Doc va a aprender que con el ejército nadie se mete!
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